Después, llegado él a la Argentina, todo hizo explosión. Y estaba solo (al igual que ese pronombre que no te atreves a decir), y tú ahora puedes sospechar que el diario fue escrito por encargo, un encargo de Kultura, la revista de los emigrados polacos en París, o un encargo suyo, personal y necesario para sobrevivir en el desastre, al igual que tú. Pero (¿cómo no?) Gombrowicz veía una dificultad en escribir sobre sí mismo no en la noche o en la soledad, sino ciertamente en un periódico, en medio de la gente. ¿Cómo podía entonces ser íntima la cosa si Witoldo se desnudaba ante las cámaras? Se trató sin tacto, huyó de la Forma (aquí manera) como el francés escribe en su diario (bañándose en perfume antes de ponerse a escribir) y se insultó, enamorado de la juventud, como se insulta alguien que no sabe de sí mismo frente a un espejo. Con el tiempo Witoldo supo de su propia tragedia al vivirla y reconocerse en ella, aunque fuera el otro Witold Gombrowicz quien la escribiera, aquel que se mira en el espejo y es consciente del pasado que proviene de la casualidad de aquel viaje a bordo del Chroby que lo llevó a exiliarse en Argentina. Fue entonces cuando el diario salvó al creador de Ferdydurke de la desaparición total de la escritura.A ti también te está salvando un diario que escribes cada día (algunas veces más de una página) en una agenda Moleskine 9x15 cms., ideal para decir mucho en un corto espacio de tiempo, y te preguntas ¿para qué escribes? al mismo tiempo que lees en el Diario argentino lo siguiente: «Escribo este diario sin ganas. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? ¿Si tan solo para mí, por qué se imprime? ¿Y si lo es para el lector, por qué finjo entonces conversar conmigo mismo? ¿Hablar con uno mismo para que lo oigan los demás?». Sabes que la revisión y traducción de Ferdydurke (¡qué gran novela!) en el Rex bonaerense, en compañía de los cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, también lo salvó, ya que estaba condenado a desaparecer en la Antípoda de cualquier reconocimiento. Ya lo dices: fue en el género diario (él nunca lo subtituló íntimo) donde se escondió durante un tiempo (más de veinticuatro años). Esta fue (es) su gran novela, aquella que fue haciéndose a medida que la escribía, donde narrador y personaje y escritor y autor confluyen en una parecida ficción, porque era como si las propias palabras lo traicionaran y quisieran probar que Gombrowicz era inferior a lo que debía o tenía que decir: «Esta particularidad define toda mi producción literaria. Ensayo diferentes papeles. Sumo actitudes diversas. Doy a mis vivencias diferentes sentidos... si uno de ellos es aceptado por los demás, me afianzo en él. El verbo no me sirve únicamente para expresar mi realidad, sino para algo más, es decir: para crearme frente a los demás a través de ellos». La juventud perseguida, la homosexualidad indefinida, la patria reemplazada, el fascismo y el comunismo alienadores de todo arte y toda revolución, su amplio conocimiento de la filosofía de Kant y Schopenhauer (has leído el Curso de filosofía en seis horas y cuarto), la civilización y barbarie de un europeo culto en un raro y salvaje país, todo esto no logró solucionarlo, sino que siguió «en fermento» durante años, a pesar de que en algún momento él llegara a afirmarse: «Ya soy. Witold Gombrowicz, estas dos palabras que llevaba sobre mí, ya realizadas. Soy. Soy en exceso. Y aunque podría acometer todavía algo que me resultara imprevisible a mí mismo, ya no tengo deseos... Nada puedo querer por el hecho de ser en exceso. En medio de esta indefinición, versatilidad, fluidez, bajo un cielo inasible soy, ya hecho, terminado, definido... soy y soy tanto que ese ser me expulsa del marco de la naturaleza». Ahora tú te alejas, contento por saber que Witoldo pudo afirmarse también en la máscara de la escritura, y, tras ella, nada.
