viernes

Mi hija dice que mi máquina Olivetti no sabe hacer la "o" con un canuto

Recuerdo que en mi diario, el otro, al que también llamo El arte inútil, el que escribo con una vieja Olivetti Lettera 42, dura como una piedra y a la que le falta la o, y que por esto mismo tengo que escribir con la a, anoté, en enero pasado, esto (saco una hoja de mi bolsillo y copio tal cual):

Hay es la cuarta vez que venga can mi hija a las rebajas de Preciadas. Su madre na padía venir parque tenía guardia en el haspital y debía quedarse también par la nache. Laura tiene quince añas y es atra errar de mi vida. Naciá un aña después de llegar ya a Madrid y su amiga Andrea tiene una cara preciasa. Esta nache se quedará a darmir en la casa parque quieren ver juntas CSI. Tal vez, que Andrea se quede esta nache a darmir en la casa, sea una razán para na haber padida negarme a acampañarlas en metra hasta Sal. Ser padre es una respansabilidad numerasa, dande intervienen también las hijas que na san tuyas. Kafka tiene un relata, "La desgracia del saltera", dande dice alga así: "cantemplar a las niñas de atras y repetir una y atra vez: ya na tenga ninguna". En realidad, Laura salamente necesita mi tarjeta de crédita. Na me hacen casa. Me aburre entrar en Zara, Stradivarius y Bershka. Mientras ellas escagen la rapa ya me dedica a espiar a las empleadas mayares y a las madres de las niñas que acampañan. Me escanda detrás de las abrigas y de las pantalanes y abserva cáma las madres se desesperan can la cantidad de rapa que sus anaréxicas hijas pueden trasladar desde el rapera hasta las prabadares. Les sarprende que haya siempre una dependienta en la puerta de las prabadares repartienda fichas can númeras y panienda límite a las prendas que pueden entrar. Na sé cáma la hacen pera siempre cansiguen pasar más prendas de las que se permiten.

-¿A la salida na as dirán alga? -pregunta muy seria.

-Ay, papá. Na pademas estar salienda y entranda cada vez que nas prabamas una camiseta.

-Sí, señar Platz. Luega tendríamas que valver a esperar la cala.

Tienen razán. Cama tampaca ya quiera esperar la cala, les diga que me den a mí cinca prendas para que na tengan que valver a salir a par más. Quiera ayudarlas. Na pueda ser un estarba.

Al caba de media hara, aburrida, les diga que vay a dar una vuelta, que sigan prabándase gangas. Salga a la calle Carretas y baja hasta Sal. San las seis de la tarde según mi relaj. Llega hasta Arenal y me dirija caminanda hacia Ápera, pera na llega. Antes me pierda entre calles y encuentra un cibercafé abierta. Campra media hara de espacia virtual y abra mi carrea. Na tenga ningún mensaje. Después me canecta a El arte inútil en blagger y escriba esta (pera la guarda en barradares):

(Esta hoja fue impresa desde El arte inútil de blogger y pegada a El arte inútil de una carpeta verde con letras azules y rojas, como El oficio de vivir de Cesare Pavesse, aquella carpeta viva que enocntraron después de su muerte, después de dejar escrita su muerte, su suicidio, en su diario lleno de esperanza). Lunes, 28 de enero de 2008. 18:15 PM. Hacía años que mi padre escribía en el diario solamente los domingos. Mi padre no era, por tanto, un escritor de diario, sino más bien una especie de engalanado diarista de domingo, alguien que huía del tiempo encerrado en un lugar que precisamente lo único que le recordaba era el tiempo que le quedaba de vida. Seguramente que se emperifollaba para escribir a lapicero de punta fina todo cuanto se le ocurría de aquella infancia suya en Drohobycz. Seguramente que se perfumaba, tal y como hacen los filósofos franceses cuando se disponen a escribir sobre el paraíso perdido de la infancia. Mi padre se arreglaba los domingos como si fuese a sacar a mi madre a bailar pero en realidad se quedaba en el camarote encerrado a cal y canto y llenaba su diario de palabras, un cuaderno de casi mil páginas que entonces no supe de dónde lo habría sacado. Años después, en un viaje que hice junto con mi mujer a Capadocia en 1996, vi el cuaderno de mi padre en un tenderete de mercaderes. Era el mismo cuaderno con tapas de damasquino que tenía mi padre. Lo compré por una bolsa de kurus. Me pareció extraña la coincidencia. A mi mujer no le dije nada, preferí callar el secreto porque, a pesar de que no teníamos camarote en nuestra casa de La Latina, tras la muerte de mi padre y leer aquella frase obsesiva en su diario ("El es mi hijo y por eso será mi salvación"), siempre pensé que debía continuar su escritura. Lo que nunca sabré es cómo llegó aquel cuaderno a las manos de mi padre, pues, que yo sepa, él nunca estuvo en Turquía.

Después de pasar la mañana del domingo escribiendo sobre Drohobycz, a las dos de la tarde, como siempre atraído por el olor del arroz y azafrán de mi madre, estaba de vuelta al hogar, rígido y preciso como el molesto reloj que mis vecinos del sexto hacen sonar cada cuarto de hora. Ahora que lo pienso, entiendo que mi padre no se retrasara jamás a su cita con el arroz de mi madre para que no lo sorprendiera en perfumado delito de escribir su diario personal en el cuaderno de damasquino. Tanto mi madre como mi padre coincidían solamente en su sistemática actividad de los domingos. Tanto uno como él otro eran muy persistentes: mi madre se dedicaba al arroz mientras él hacía que leía el periódico. En el fondo aquella era una forma de estar separados, como más tarde supe.

Además, mi madre tenía un amante que....

Suena el móvil. Lo busco en alguno de los bolsillos del abrigo. La música de los móviles es una cosa absurda, posmoderna, molesta. Ya no hay compositores, ahora se hacen politonos. Por fin lo encuentro. Veo en la pantalla que es mi hija. Laura no me reclama a mí, sino mi tarjeta de crédito. Aprieto la tecla verde.

-Dime.

-...

-Vale. Ahora voy.

-...

-No, no te preocupes. Seguro que hay de tu talla.

-...

-Id esperando en la cola. Subo en un momento.

-...

-Vale. No tardo.

-...

-Adiós.