jueves

El amor de Erika Ewald

Laura Platz -como Erika Ewald- es una muchacha soñadora. Tiene alma de artista, pues escribe, y no lo hace nada mal. Laura Platz es mi hija y tiene quince años. El otro día me dijo: «Papá, me quiero morir». «Tú no puedes morirte», le dije, «porque ¿quién estará entonces y aquí para vengarme?» «¿Vengarte de qué? ¿De quién? ¿Del amante de mamá?» Ella lo llamá Egisto, pero se llama Fernando. Algunas veces yo la llamo Electra, para seguirle la corriente y porque sé que, aunque mi mujer tenga un amante y éste intentará asesinarme algún día, seguramente a mi regreso de la Guerra de Troya -pues ir a la guerra de Irak es un suicidio- ella, Laura, Electra Platz, estará allí para vengarme. Supongo que todo hijo es complejo, ¿no? Cuando tenía diez años, ella me dijo: «Papá no tengo pene». Me acordé de Jung. Bueno, en realidad, me dijo: «Papá, ¿por qué yo tengo rajita y tú no?» Decir lo otro y esto es decir la misma cosa. Eran tiempos en que nos duchábamos juntos, ella y yo, mi hija y yo, Electra y Agamenón, como todo padre y todo hijo deben hacer. Y como Ella y yo no tuvimos hijos varones, sino a Laura, pues hasta hace bien poco nos hemos duchado juntos. Ahora, su madre, Ella, no nos deja; aunque Laura y yo no tengamos ningún problema en ello. A su madre le parece mal, una especie de aberración, y punto. Quizá tenga razón. A lo que iba: Hace unos meses, mi hija descubrió el amor en brazos de un violinista. «¿Pero cómo haces eso?», le pregunté. Yo soñaba con un escritor, o un pintor, incluso, si llegara el caso, aceptaría hasta un poeta, aunque fuese un poeta de la experiencia, cervecero y decadente. Íbamos a las rebajas de Preciados junto con su amiga Andrea, para que se compraran ropa. Las acompaño para pagar, como ya he dicho aquí alguna vez. ¿Me necesitan o necesitan mi tarjeta de crédito? Íbamos en el metro, recuerdo, hablando en una esquina del vagón, un viernes por la tarde. «Es que es guapísimo, señor Platz», me dijo Andrea. Y era verdad. Mi hija me enseñó la fotografía del Stradivarius aquel y me acordé de River Phoenix, un actor de mi Generación que murió de sobredosis en 1993, en la puerta del Club The Viper Room, propiedad de Johnny Deep, del que nadie ya se acuerda, poco antes del asesinato de mi padre. Era calcado. De verdad. Solamente tenía un problema: se llamaba Macario. «Pero ¿ya os intercambiáis retratos? No perdéis el tiempo -dije-. En mi época tenían que pasar algunos meses. Años quizá. Oye, este Macario no tomará drogas, ¿verdad? Ya sabéis, cocaína, heroína, marihuana, valium... Las drogas son malísimas para la música y mucho más para el violín», mentí, acordándome de River Phoenix y su final en la puerta del Club de Deep. Ellas lo negaron todo. En realidad, Laura estuvo encantada con él, incluso se atrevió a llevarme con ellas, otro día, a un concierto de violín que dio en el instituto, para que lo conociera, dijo. «Vamos, señor Platz -me sonrió Andrea-, solamente serán unos minutos». «¿De verdad que no vamos de compras?» Al parecer ella estaba enamorada también del otro violinista. ¿¡Qué tendrán los violinistas de hoy en día!?, me pregunté. En el instituto, el gimnasio estaba lleno de madres y de alumnas viendo a Macario -yo era el único hombre, aparte de estos dos-, que, por cierto, no lo hacía nada mal. El otro, aunque feo, tampoco era manco. En la hoja que nos dieron, un folio amarillo y doblado como libreto, ponía: «La muerte y la doncella», Cuarteto para cuerda, nº 14 en re menor de Franz Schubert. La verdad es que los músicos tienen algo, un qué se yo que yo no sé, pues la muchacha que tocaba el violonchelo, colocado el instrumento entre las piernas, con esos ojos grises, el pelo negro y corto, la falda subida hasta las rodillas, en fin... Menos mal que no me lee nadie, si no, pensaríais que soy un pervertido o algo así. La juventud tiene algo de rosa, algo de almíbar, algo de eterna fresa con nata. Han pasado muchos días desde aquello y ahora Laura me dice que no vuelve a salir con un violinista. «¿Por qué?» «Son unos egoístas -dice-, solamente piensan en estar con el violín, en tocarlo a todas horas, en escuchar su canto, su despejado cielo de primavera. Que se quede con su bendito amor que nunca le niega nada.» A veces Laura, con sus quince años, me sorprende por su capacidad de lenguaje, esa capacidad extraña que es capaz de hacer una metáfora con una grano de arroz. Otra cosa es su curiosidad: La última vez que nos duchamos juntos me preguntó si su madre gritaba mucho cuando hacíamos el amor. Y yo le dije sin vergüenza que «de esas cosas quien más sabe es Egisto, o Fernando, pues Hugo J. Platz, tu padre, lleva esperando tanto tiempo en el interior del caballo de Troya que ni se acuerda ya de cómo suena el grito de una mujer.»