Conocí a José Luís Peixoto porque Mario Fadanelli me ragaló su libro. Al leerlo, me quedé paralizado ante la muerte. Para qué negarlo: la lectura del relato me llevó varios días, sentado en el sillón de leer de mi casa y , con un cuaderno de notas, mientras Laura y su madre estaban fuera. La estructura del árbol genealógico de los Lázaro parecía complicarse sin fin en un cúmulo de repeticiones inexplicables, contrariedades e iguales puntos de vista: el hijo era el padre, el tío el sobrino y el abuelo tenía tanto de nieto como los pianos almacenados en el cementerio del taller de carpintería tenían de «aroma de un tiempo que todos quisieran olvidar, pero que aún existía» y se repetía eternamente. Con cada muerte había un nuevo nacimiento, y si en la primera parte moría el padre del corredor y nacía Hermes, hijo de Marta y nieto del fallecido, al final de la obra Francisco moría al mismo tiempo que su hijo llegaba al mundo del cementerio de los pianos. En la novela, los padres buscan sobrevivir a la muerte en los hijos, o, por decirlo con otras palabras, el nacimiento de los hijos está destinado para perpetuar la memoria de los padres: pura filosofía platónica.CEMENTERIO DE PIANOS
La novela, en resumen, trata de la vida del carpintero portugués Francisco Lázaro, el primer atleta muerto mientras competía en unos Juegos Olímpicos. En Estocolmo de 1912, después de completar cerca de treinta kilómetros de Maratón sufriente, Lázaro cayó abatido por el esfuerzo de su pobreza. El deportista se había untado un mejunje en el cuerpo, una grasa especial que le impedía sudar para no tener que pararse a beber agua y no perder tiempo. Fue inútil, un arte inútil. Si bien en los primeros kilómetros su destreza física resultó ser superior al resto de participantes, el calor asfixiante de aquel julio en Suecia y la grasa que obstruía sus poros fueron una mezcla suicida e irreversible. Y Francisco Lázaro, debido a la pobreza nacional portuguesa de entonces, no pudo ser repatriado hasta tiempo después de su muerte. Tardé unos días, como digo, en leer la novela, y casi al final me sucedió algo curioso. Cuando llegué a la página doscientas sesenta y cuatro, cuatro días antes del Maratón, la madre de Francisco Lázaro estaba en la carnicería hablando con el carnicero de lo bueno que sería para Portugal, tan pobre como trágica, que su hijo ganara la carrera; sin embargo, un defecto de imprenta había hecho regresar la novela al trágico kilómetro treinta de la página doscientas cincuenta y siete donde Lázaro, instantes antes de encontrar su muerte en el suelo de polvo, aseveraba: «el tiempo pasa en Benfica, el silencio pasa sobre el cementerio de pianos // tengo que ir al encuentro de mi padre». Era extraño porque esta página ya la había leído y, aunque la novela está dividida en secuencias no cronológicas, el azar de la imprenta no había conseguido que aquel desorden temporal encajase en mi mente. Era martes y trece de noviembre y yo se lo hice saber a Fadanelli, demostrando que el desorden aparente de los fragmentos tenía tal sentido que ni siquiera mi hallazgo en una fecha tan señalada había logrado perturbar el sentido del texto. «Ya sé lo que Peixoto podrá decir a los críticos empeñados en ver en su estructura un desorden fortuito», me dijo. «Su novela es un reloj suizo», dije yo, «No hay que darle más vueltas», cerró. Recordé que después de leer Pedro Páramo había caído en mis manos un estudio sobre la obra de Rulfo en el que se decía que los críticos habían tratado de ordenar cronológicamente y sin éxito aquel puzzle de tiempo. Y si la novela de Rulfo había que leerla como el autor mexicano la dio al mundo, por qué Cementerio de pianos había que leerla de otra manera. Es imposible ordenar en un tiempo lógico esta pieza literaria sin que el reloj que Peixoto nos ha impuesto sufra por ello. Las novelas hay que leerlas como las entregan los autores y no como quieren los críticos, porque cualquier manipulación está condenada al fracaso. Esto al menos para las buenas novelas, como Cementerio de pianos. El malentendido de imprenta, que nos sirvió a Fadanelli y a mí para hablar de la estructura en secuencias de la novela, mientras almorzábamos en la cafetería del instituto con Eva Cueto y Vanessa Porta, la profesora de matemáticas y gimnasia (aunque ella prefiera llamara lsu asignatura educación física), respectivamente.Ahora que ha pasado el tiempo y que he tratado de organizar mis recuerdos en torno a la lectura de Cementerio de pianos, pienso que aquel lugar -el cementerio de pianos- es un espacio en el que los personajes desarrollan sus reiteraciones en un tiempo sin existencia, en un tiempo circular que se repite incansablemente y en un tiempo donde la muerte hace generar los nacimientos, porque la literatura, al igual que la fotografía (decía Barthes), repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Y esto nos salva.

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