sábado

Soy en exceso...

Después de tanto tiempo sin escribir apenas nada, al fin te atreves a redactar unas líneas sobre un autor que te interesa mucho (esto es evidente). A lo largo de esta semana, dices, has analizado la desaparición o la manera que utilizan tus propios compañeros y colegas por verte desaparecer del todo: Fadanelli, Andrada, López... Tú mismo intuyes que se trata de una vergüenza: ¿por qué, te preguntas frente al espejo, fue Cesare Pavese, y no otro, quien escribió en El oficio de vivir: «Estoy triste, me siento inútil, como un dios»? Sin embargo, no quieres hablar hoy de Pavese. Hoy has vuelto a la lectura del Diario argentino de Witold Gombrowicz (Moloszyce, Polonia, 1904-Vence, Francia, 1969) que te regaló Mario Fadanelli: «El diario que sigo desde hace catorce años consta de más de mil páginas. Forma tres gruesos volúmenes. El presente tomo, Diario argentino, comprende únicamente los textos referentes a la Argentina», dice el autor en el prefacio. El libro es, por tanto, una mínima parte de cuanto dejó escrito el de Moloszyce y que se ha convertido en una de las mayores y más ambiciosas obras de la literatura universal del pasado siglo, una obra, piensas, que a ti te ha marcado profundamente.

Después, llegado él a la Argentina, todo hizo explosión. Y estaba solo (al igual que ese pronombre que no te atreves a decir), y tú ahora puedes sospechar que el diario fue escrito por encargo, un encargo de Kultura, la revista de los emigrados polacos en París, o un encargo suyo, personal y necesario para sobrevivir en el desastre, al igual que tú. Pero (¿cómo no?) Gombrowicz veía una dificultad en escribir sobre sí mismo no en la noche o en la soledad, sino ciertamente en un periódico, en medio de la gente. ¿Cómo podía entonces ser íntima la cosa si Witoldo se desnudaba ante las cámaras? Se trató sin tacto, huyó de la Forma (aquí manera) como el francés escribe en su diario (bañándose en perfume antes de ponerse a escribir) y se insultó, enamorado de la juventud, como se insulta alguien que no sabe de sí mismo frente a un espejo. Con el tiempo Witoldo supo de su propia tragedia al vivirla y reconocerse en ella, aunque fuera el otro Witold Gombrowicz quien la escribiera, aquel que se mira en el espejo y es consciente del pasado que proviene de la casualidad de aquel viaje a bordo del Chroby que lo llevó a exiliarse en Argentina. Fue entonces cuando el diario salvó al creador de Ferdydurke de la desaparición total de la escritura.

A ti también te está salvando un diario que escribes cada día (algunas veces más de una página) en una agenda Moleskine 9x15 cms., ideal para decir mucho en un corto espacio de tiempo, y te preguntas ¿para qué escribes? al mismo tiempo que lees en el Diario argentino lo siguiente: «Escribo este diario sin ganas. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? ¿Si tan solo para mí, por qué se imprime? ¿Y si lo es para el lector, por qué finjo entonces conversar conmigo mismo? ¿Hablar con uno mismo para que lo oigan los demás?». Sabes que la revisión y traducción de Ferdydurke (¡qué gran novela!) en el Rex bonaerense, en compañía de los cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, también lo salvó, ya que estaba condenado a desaparecer en la Antípoda de cualquier reconocimiento. Ya lo dices: fue en el género diario (él nunca lo subtituló íntimo) donde se escondió durante un tiempo (más de veinticuatro años). Esta fue (es) su gran novela, aquella que fue haciéndose a medida que la escribía, donde narrador y personaje y escritor y autor confluyen en una parecida ficción, porque era como si las propias palabras lo traicionaran y quisieran probar que Gombrowicz era inferior a lo que debía o tenía que decir: «Esta particularidad define toda mi producción literaria. Ensayo diferentes papeles. Sumo actitudes diversas. Doy a mis vivencias diferentes sentidos... si uno de ellos es aceptado por los demás, me afianzo en él. El verbo no me sirve únicamente para expresar mi realidad, sino para algo más, es decir: para crearme frente a los demás a través de ellos». La juventud perseguida, la homosexualidad indefinida, la patria reemplazada, el fascismo y el comunismo alienadores de todo arte y toda revolución, su amplio conocimiento de la filosofía de Kant y Schopenhauer (has leído el Curso de filosofía en seis horas y cuarto), la civilización y barbarie de un europeo culto en un raro y salvaje país, todo esto no logró solucionarlo, sino que siguió «en fermento» durante años, a pesar de que en algún momento él llegara a afirmarse: «Ya soy. Witold Gombrowicz, estas dos palabras que llevaba sobre mí, ya realizadas. Soy. Soy en exceso. Y aunque podría acometer todavía algo que me resultara imprevisible a mí mismo, ya no tengo deseos... Nada puedo querer por el hecho de ser en exceso. En medio de esta indefinición, versatilidad, fluidez, bajo un cielo inasible soy, ya hecho, terminado, definido... soy y soy tanto que ese ser me expulsa del marco de la naturaleza». Ahora tú te alejas, contento por saber que Witoldo pudo afirmarse también en la máscara de la escritura, y, tras ella, nada.

miércoles

¿Quieres empujarme a esa arena rodeada por una curiosa muchedumbre?



domingo

Una oscura silueta en el espejo

Después de tanto tiempo sin escribir nada en El arte inútil, quiero decir unas palabras sobre Unica Zürn (Berlín, 1916-París, 1970), sobre todo porque Eva Cueto, compañera del instituto de secundaria donde ambos trabajamos, me ha recomendado este libro cuando le pregunté la semana pasada qué haría ella si tuviese una hija de dieciséis años propensa a la melancolía y al suicidio. «Como Unica Zürn, tu hija está atravesando una primavera sombría», me dijo. No entendí una palabra porque estábamos en otoño (aún estamos) y a mi hija le gusta leer y estudiar con las persianas alzadas, no como a mí, que suelo escribir entre sombras, el flexo encendido, eso sí, para dar a mi escritura ese aire enfermizo que tiene la escritura de Kafka. Ayer mismo leí en un blog que el tono y el ambiente de la escritura puede hacer que nos salgan los mismos temas que los escritores que utiizaron el mismo tono y mismo ambiente que nosotros. El caso es que (sin venir mucho a cuento lo anterior con lo que ahora diré) Eva me trajo al día siguiente el libro de Unica Zürn, Primavera Sombría, para que viese cómo pueden terminar nuestros hijos si no les razionalizamos el televisor, la videoconsola y el mesenger, pero, sobre todo, si nos les enseñamos qué es la sexualidad. El caso es que mi hija no ve televisión, no le gusta la videoconsola y solamente usa internet para hacer los trabajos del instituto. En este sentido no ha aprendido nada de mí, adicto a los blogs y a viajar por la red, gracias al impulso que el año pasado me dio Andrada, el profesor de gimnasia, crear para mí El arte inútil. Otra cosa bien distinta es su sexualidad.

Bueno, antes de leer el libro, escribí en Google "UNICA ZÜRN" y ésta es la información que he conseguido recopilar de la autora, más que nada para poneros en antecedentes: Unica Zürn sufrió múltiples crisis esquizoides que la llevaron a la demencia. Escritora y pintora, fue admirada por los grandes maestros surrealistas: André Breton, Marcel Duchamp, Henri Michaux, Man Ray, Hans Arp o Max Ernst. Su compañero desde 1953, el escultor y pintor francés de origen alemán Hans Bellmer, la fotografió desnuda y encadenada para la portada del número 4 de la revista Surréalisme même, para muchos, origen de una crisis vital que la llevó a arrojarse al vacío desde su casa de París, cuarenta y dos años después de que lo hiciera la niña de Primavera sombría (1971). Por lo que se ve, Unica se presentó al mundo de la cultura francesa desnuda y descarnada, pero con miedo a perder, tras el efecto de su atrevimiento, la libertad para seguir escribiendo. Se convirtió en un mito sexual para los hombres y una bestia para las feministas. Después, tras numerosos tratamientos y recaídas, dio sentido final a la escritura de la novela con su suicidio. (Vaya, no empezamos muy bien. Yo no quiero que mi hija se suicide ni quiero que tome el ejemplo melancólico y triste de Unica Zürn; me gustaba más la versión celeste de Erika Ewald).

En efecto, Primavera sombría es el vestíbulo hacia una predestinación (si se puede llamar así a algo que desconocemos): Unica Zürn-niña aguardaría en la antesala ficticia e inventada ser recibida por Unica Zürn-mujer. Se trata, por defecto, de una autobiografía en tercera persona, de una confesión fría y ardiente a un tiempo, escrita bajo el agua o junto al fuego, ya que a la protagonista le gusta experimentar el «dolor» con el «placer». Me pregunto si mi hija sufrirá cuando se divierte o se divertirá experimentando dolor, como Unica Zürn. Aquí están los primeros motivos de la locura, el descubrimiento de su cuerpo y de la sexualidad solitaria, la masturbación, esa especie de monólogo que es el onanismo. Alguna vez he escuchado a mi hija detrás de la puerta de su cuarto toser o contener la respiración al pasar yo por el pasillo o quedarme con la oreja pegada a su puerta. No sé qué hará allí dentro, pero me lo imagino. Tiene dieciséis años y toda la vida por delante. Su madre y yo apenas hablamos de estas cosas. No me atrevo. Tengo vergüenza de padre.

Es curioso, pero al leer algunos pasajes de Zürn se comprende cómo la protagonista ve en su propio dolor la sinécdoque de todo el dolor humano, y no espera encontrar compasión si no es en la liberación que solamente llegaría con la muerte. Por lo tanto, y esto es algo que tendré que discutir mañana con Eva, la obra podría entenderse además como el espejo fragmentado de una existencia, la de la protagonista, reconstruido después tal y como se reconstruye el puzzle que da sentido a esta autobiografía novelada y, por lo tanto, ficticia. Se trata del puzzle de su vida situado en el centro transitivo de una crisis, la de los doce años. (Mi hija tiene ya dieciséis, pero no sale mucho de casa si no es con su amiga Andrea, así que la edad no puede guardar relaciones). Ahora bien, me he dado cuenta de que en la novela hay algunos complejos freudianos importantes: el complejo de Electra, el poder tenebroso de lo castrante representado en la madre, el primer amor correspondido con un mechón de cabello, el hermano pecador y vengativo que la viola... Esto es verdad con Laura, mi hija, porque yo soy su héroe y su madre es tan malvada como la madrastra de Blancanieves. No es porque yo la permito hacer todo cuanto ella quiere, sino porque quiero que haga todo cuanto yo no pude hacer nunca. Mi padre no es que fuese un derroche de libertades, que digamos. En Primavera sombría, de hecho, el padre es visto como un Dios (es un Dios). En cierto sentido, esto puede entenderse porque mi hija me admira y yo me admiro por ello. El final de la novela es terrible (lo mejor): «Ya está casi oscuro en la habitación. Sólo llega a la ventana el resplandor de una farola de la calle. Ya le es indiferente morir “en suelo extraño” o en su jardín. Se sube al alféizar, se sujeta con fuerza a la cuerda de la persiana y ve su oscura silueta en el espejo. Le parece encantadora y empieza a sentir compasión de sí misma. “Se acabó”, dice en voz baja, y, antes de que sus pies se separen del alféizar, ya se siente muerta. Cae de cabeza y se desnuca. Su cuerpecito queda extrañamente doblado sobre la hierba».

jueves

Stefan Zweig

El suicidio de Stefan y Lotte Zweig. Historisches Museum der Stadt, Viena.

STEFAN ZWEIG (Viena, 1881): Fue un grande a la sombra de los más grandes. Un misterioso febrero de 1942 decidió acabar con su vida en Petrópolis, Brasil, en compañía de su segunda esposa, Lotte Altmann, mediante un envenenamiento con Veronal (aunque otras fuentes acusan a la Gestapo). Para Jean Jacques Lafaye, en Nostalgias europeas. Una vida de Stefan Zweig (1995), en la decisión de acabar con su vida estuvo detrás la persecución de los judíos, la Segunda Guerra Mundial y la pérdida de la patria austriaca anexionada por Hitler. «Antes de partir de la vida», dejó escrito en una nota de despedida, «con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma. Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal. Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto». Su muerte abrió las heridas en quienes nunca supieron de su enfermedad crónico-depresiva. Ésta la llevó siempre como un secreto, una forma de entregarse a los demás con respeto para socorrerlos después en momentos de incertidumbre y de duda. De hecho, muchos críticos han subrayado que la humildad de Zweig fue el motivo de que, aunque grande, viviera a la sombra de los más grandes. Con el tiempo, sin embargo, se ha visto que en sus escritos y actuación vital reside no sólo el vaciamiento del centro del autor en beneficio de los otros, sino también la importante construcción del escritor europeo del siglo XX, colocándolo al mismo nivel que Gombrowitz, Broch, Kafka, Arendt, Pavesse, Musil, Pessoa, Walser o Karl Krauss, entre otros. Autor de una dilatada obra ensayística, narrativa y biográfica, entre las que destacan La lucha contra el demonio (Hölderling, Kleist, Nietzsche), Momentos estelares de la humanidad, Carta de una desconocida o Veinticuatro horas en la vida de una mujer, supo ver desde el exilio la decadencia moral de la Vieja Europa y paliarla mediante una crítica contra los Estados en beneficio de la libertad del individuo. Su combate contra la moral se refleja en Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1929) novela que se inicia con una «violenta discusión» debido a que «Madame Henriette, mientras su marido, con su acostumbrada puntualidad, jugaba al dominó con sus amigos de Namur, había salido a dar su paseo de todas las noches por la terraza de la playa y no había vuelto aún». Poco después nos enteramos de que la joven esposa de treinta y tres años, y respetada por todos, «aquella discreta Madame Bovary de tercer orden había cambiado su cachazudo y provinciano marido por el bello y elegante Adonis». Éste no es otro que un Lovelace, quien había mantenido dos horas de conversación con Madame Henriette en la terraza. Los espectadores del hecho se sorprenden de que dos horas de conversación hayan bastado para que la joven esposa abandone a su marido e hijas para «seguir a un elegante joven desconocido». Se establecen dos bandos: quienes cuestionan el comportamiento de la mujer, capitaneados por Mrs. C., la anciana y distinguida dama inglesa, y auténtica protagonista de la novela, y el único capaz de contradecirlos, el narrador del relato: «Yo, personalmente, encuentro más digno que una mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, que no que, como ocurre por lo general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados». A nuestro personaje, en efecto, le causa mayor satisfacción comprender a los hombres que condenarlos sin haber razonado la voluntad de sus actos. En principio la voluntad de los actos no es otra cosa que la libertad de cada individuo, siempre dictada desde la voluntad de hacer el Bien, pero apuntando hacia la Felicidad. Mrs. C., de hecho, resulta esconder un episodio de su pasado que podría degradarla moral y socialmente al lugar de las mujeres fáciles de seducir, es decir, al lugar de una cocotte. En el casino se enamora de las manos de un jugador en apuros, que lo ha perdido todo y solamente le queda el suicidio, consolándolo y prestándole su ayuda: «Pero no pude dejarle. Era ya una obsesión, una furia que me acometía. (...) Y de repente me hallé sola con aquel desconocido en un cuarto extraño de un hotel cuyo nombre ignoro todavía», confiesa Mrs. C. a nuestro defensor de Madame Henriette. Y más adelante: «Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había de acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos». Al final, el peso de la moral y de una sociedad que no permite lo diferente ni la libertad de decisión y de acción del individuo condenará internamente a Mrs. C.: «Ante el asco y la vergüenza de encontrarme con un hombre desconocido en un lecho extraño de un hotel sospechoso, no sentí más que un deseo: el de morirme». La muerte, como vio el propio autor en Brasil, es la única salida que permite afrontar el mal de la historia: morirse y que otros empiecen de nuevo. Pero también la revelación de la creencia, la esperanza y la certeza de una posible salida: la celebración de una promesa en el templo, lugar para la salvación de los personajes. Esta escena de la promesa bajo la luz de un crucifijo, atentos aquellos a la mirada de Dios, quizá recuerde a aquel magnífico relato de Guy de Maupassant titulado La belleza inútil, temáticamente iguales las dos narraciones: la libertad del otro. En la obra de Zweig el joven jugador rompe finalmente su compromiso con Mrs. C. y el «desencanto» se manifiesta en suicidio. Al final un baño es necesario para que Mrs. C. desquite el polvo del viaje y eche de su cuerpo «el más leve resto» de su pasión por el joven. La novela concluye con unas conmovedoras palabras de Mrs. C. dirigidas al joven narrador y oyente del importante relato y confesión de la anciana, que sintetizan la soledad, marginación e incomprensión de las muchas mujeres juzgadas por su libertad de pasión: «Cuando usted defendía a Madame Henriette y afirmaba con férrea convicción que veinticuatro horas eran suficientes para decidir la suerte de una mujer, yo me sentí de acuerdo con usted: me sentí agradecida a usted porque, por vez primera, me veía comprendida».

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Acantilado, Barcelona, (Séptima reimpresión, 2006).

Notas de mi ausencia

¿Me creeréis? He estado muchos meses fuera de la red, de esta bitácora virtual, de esta especie de ensayo en el que antes yo escribía cada día y que se había convertido, como dijera Montaigne, en sujeto de mí mismo, porque toda bitácora, todo blog, es un ensayo, ¿o no? Bueno, algún día os contaré qué ha sido de mi vida desde entonces (¿18 de abril?). En realidad quería retomar de nuevo estas páginas infinitas de El arte inútil el 18 de julio (por lo de la muerte de Valente y no por lo otro), tres meses después de haber escrito aquello de «Mi hija dice que mi máquina Olivetti no sabe hacer la “o” con un canuto»; pero mi mujer se fue de casa con sus amigas, mi hija de vacaciones con sus abuelos y yo intimé con una alumna del instituto en el que trabajo. Sinceramente os digo que, en realidad, es una ex-alumna, que nuestro amor ha estado dentro de la legalidad (ella es ahora universitaria) y que por eso lo puedo contar... Nada más. Ésta es mi excusa. Perdonadme si me habéis esperado todo este tiempo y no he estado ahí para leerme.